En un contexto marcado por mayor incertidumbre económica, digitalización acelerada y creciente presión regulatoria, el fraude empresarial se consolida como uno de los riesgos silenciosos más relevantes para las compañías en el Perú. La combinación de más transacciones digitales, cadenas de valor extendidas y nuevas exigencias legales está obligando a las organizaciones a replantear cómo gestionan el riesgo en tiempo real.
Las cifras reflejan una tendencia clara. Según el Observatorio de Criminalidad del Ministerio Público, las denuncias por estafa han mostrado un crecimiento sostenido en los últimos años, superando las 300 mil denuncias acumuladas entre 2019 y 2023, impulsadas principalmente por esquemas digitales y suplantación de identidad.
En paralelo, la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (SBS) ha advertido que la mayor parte de los fraudes en el sistema financiero se concentra en operaciones digitales no reconocidas y suplantación de identidad, un fenómeno que se ha intensificado con la masificación de servicios online.
Este escenario cobra especial relevancia en un momento donde las exigencias en materia de compliance y debida diligencia se vuelven más estrictas, tanto por regulación local como por estándares internacionales. Hoy, validar a un cliente, proveedor o socio ya no es solo una práctica preventiva, sino una condición para operar en mercados más exigentes.
“Estamos viendo una tormenta perfecta: más digitalización, más velocidad de negocio y más presión regulatoria. Eso hace que los modelos tradicionales de prevención queden obsoletos”, explica Vicente Cruz, CEO de Sheriff. “Si una empresa tarda días en validar a un tercero, pierde competitividad o asume un riesgo innecesario”.
Según Cruz, uno de los principales errores de las organizaciones es mantener enfoques reactivos, basados en controles manuales o revisiones posteriores a la firma de contratos. “El fraude hoy ocurre en minutos. La prevención debe operar en segundos”, advierte.
📌Sobre esto converso y entró en profundidad el CEO de Sheriff, Vicente Cruz Infante, en el webcast organizado en conjunto con la Cámara de Comercio Peruano-Chilena titulado “del riesgo a la prevención”
👉 Revisa las mejores partes del webcast aquí:
El impacto no es menor. Más allá de las pérdidas económicas, los casos de fraude pueden derivar en sanciones regulatorias, litigios, ruptura de contratos e incluso exclusión de cadenas de suministro internacionales, donde los estándares de debida diligencia son cada vez más estrictos.
En sectores como servicios, retail, tecnología o construcción, una validación fallida puede traducirse en consecuencias reputacionales difíciles de revertir. La confianza, activo clave en entornos de incertidumbre, puede erosionarse rápidamente cuando una empresa se ve vinculada a esquemas fraudulentos o socios de alto riesgo.
“El mayor riesgo hoy no es solo el fraude en sí, sino la falsa sensación de control”, añade Cruz. “Muchas organizaciones creen que están protegidas porque tienen procesos, pero esos procesos fueron diseñados para un mundo más lento. Hoy la prevención debe ser continua, automatizada y basada en datos”.
Más allá de la coyuntura, el mensaje es estructural: el fraude dejó de ser un problema exclusivo del sector financiero. Hoy atraviesa toda la economía y exige nuevas capacidades empresariales.
“Las compañías que adopten una cultura preventiva ahora no solo reducirán pérdidas, también fortalecerán su reputación y su capacidad de competir en entornos cada vez más exigentes”, concluye Cruz